| Carlos Muñoz, cuidador del Lienzo Charro. |
“Llevo una vida simple”, comenta el canoso hombre de 57 años mientras se dispone a repartir montones de heno en los numerosos comedores de caballos del lugar. “Pero el trabajo es duro, aunque nunca me ha molestado. Siempre he sido bueno para trabajar”. Efectivamente, Carlos Muñoz, cuidador de los animales e instalaciones del Lienzo Charro, siempre parece tomarse su trabajo muy en serio, hasta el punto en que da la impresión de tratarse de una verdadera pasión. “Esto es lo que conozco, lo que siempre me ha atraído. Así que lo hago con gusto”.
El señor Muñoz cuenta cómo el ambiente en el que trabaja actualmente no es muy diferente al que conoció en su niñez. “Yo soy de La Noria. Allá crecí. Es un lugar bonito, con mucha naturaleza, las personas son buenas y trabajadoras. Es un buen lugar para crecer, me da orgullo ser de allá”. Sin embargo, esto no significó una niñez fácil, ya que las condiciones económicas de su familia lo obligaron a trabajar desde muy temprana edad. “No terminé la secundaria. En esa época las cosas eran difíciles, más en un pueblito como en el que crecí. Pero mi papá era un hombre trabajador, tenía un negocio donde hacía productos de cuero para los caballos y creaba accesorios como sillas de montar, cintos y sombreros. Empecé a ayudarlo en su trabajo cuando tenía como 13 años, y pues ya no hubo tiempo para la escuela”. Ante la pregunta de si cree que la influencia de su padre le inspiró la ética laboral que actualmente tiene, la respuesta es clara. “Sin lugar a dudas. Ver cómo mi padre sacó adelante a mi familia con tantas dificultades fue una lección muy grande para mí”, dice el hombre mientras avienta granos en un recipiente en el suelo para alimentar a las gallinas que revolotean por el lugar. “Y vaya que me ha servido en la vida”.
A pesar de esto, Muñoz nunca formó una familia propia. “No, no estoy casado. Lo pensé varias veces, pero nunca se dio. Y pues allá Dios, yo estoy contento así. Hubiera sido bueno a lo mejor tener un hijo a quien enseñarle cosas, pero tampoco tuve la oportunidad”. Aunque esto no significa que no tenga compañía, ya que el hombre pasa sus días a lado de los casi cincuenta caballos que dependen de su constante cuidado. “Son animales muy bonitos, los caballos. Muy nobles. Yo los alimento, limpio las caballerizas, estoy al pendiente de su salud. Es un trabajo satisfactorio”. Muñoz parece mostrar una marcada predilección por la naturaleza y el aire libre, la cual es confirmada por sus comentarios. “Si, prefiero por mucho trabajar al aire libre que estar encerrado. Así me crié, al aire libre. Creo que las personas que venimos de ranchos y comunidades pequeñas tenemos eso. Yo podría haber seguido en la escuela y conseguido un trabajo en una oficina o algo así, pero eso no es lo mío.” Entonces el hombre, aún a mitad de su trabajo repartiendo comida entre los establos, hace un recuento de algunos de los empleos en los que se desempeñó previamente. “Por un tiempo, cuando era más joven, trabajé en los campos de agave, y eso sí era pesado. Era de trabajar todo el día bajo el sol. Tuve también otros trabajos de ese tipo, arando la tierra para sembrar. Luego empecé a dedicarme más al ganado, haciéndome cargo de los animales en varios establos. Aquí en el Lienzo llevo desde los 43 años, así que…”, empieza a hacer cuentas con los dedos. “Catorce, catorce años llevo trabajando aquí”.
Pero la vida del señor Muñoz tampoco es simplemente su trabajo. “Me gusta leer”, dice mientras señala una pila de libros y revistas que tiene cerca de la pequeña habitación de cemento en la que habita junto a los establos. “Cuando tengo tiempo libre me la paso leyendo libros y revistas”. Al revisar el pequeño montón de libros uno se da cuenta de que se tratan en su mayoría de literatura pulp y revistas de deportes. Incluso hay un par de historietas de naturaleza erótica explícita. “Y aquí tengo una hamaca en la que descanso durante el día, cuando no hay nada que hacer, donde me pongo a leer el periódico, a escuchar la radio o a platicar con alguno de los otros trabajadores”. En eso un perro negro se le acerca y empieza a ladrar. “Este es Jacinto. Se la pasa aquí conmigo y le doy de comer”, el perro se ve viejo pero vivaz. “Ya me está pidiendo comida”.
El Lienzo Charro, anteriormente considerado un pilar de las corridas de toros y charreadas en la localidad, ha batallado en los últimos años para mantener su relevancia entre el público. “Las cosas se pusieron feas. Empezaron a matar gente y pues la cosa se enfrió”. Es así como Muñoz explica la cadena de eventos que llevaron al declive de los espectáculos en el Lienzo Charro. Es bien sabido que después de la muerte de ciertas personas clave dentro de la administración del establecimiento -asesinatos que usualmente se asocian al crimen organizado-, las presentaciones dentro del lugar comenzaron a disminuir considerablemente, al igual que el interés del público. “Antes venían El Recodo y La Arrolladora a cada rato, pero ya desde hace varios años no es lo mismo”. El viejo se ve resignado. “¿Y pues qué puede hacer uno?”.
El señor Muñoz está, según sus propias palabras, “chapado a la antigua”. No parece haber signos de tecnología en el lugar, más allá de la pequeña grabadora desde la que suele escuchar la radio. “No, ni siquiera se usar un celular. Tengo uno donde recibo llamadas, pero es todo”. Parece haberse hecho a la idea de que las nuevas generaciones llevan la delantera en el mundo actual, mientras que las personas como él “van de salida”. “Pues así son las cosas, ¿no? Siempre hay cosas que las generaciones viejas ya no entienden y se quedan atrás. No sé de tecnologías nuevas pero me gusta que existan. Veo como los niños se entretienen con sus teléfonos y me sorprende tanto. Es algo que nunca concebí”. A pesar de esto, no le tiene rencor a las nuevas generaciones, pero le gustaría que recordaran un poco más las tradiciones de épocas pasadas. “Sí, esa es una queja que le podría dar a los jóvenes de hoy. Está bien que tengan sus propias expresiones, pero muchas veces se olvidan de lo que vino antes. No le prestan atención a las historias de sus padres o abuelos, no se dan cuenta de qué tan importante es eso. Hay cosas bonitas en las tradiciones. ¿Ves este caballo?”, dice el hombre con su ropa llena de suciedad después de un cansado día de trabajo, mientras acaricia la cabeza de un imponente potro blanco. “Ha estado en muchas charreadas, ¿has visto una de esas? Son eventos bonitos, familiares y llenos de tradición. Ojalá más gente pudiera experimentar algo así”. El hombre mantiene la mirada fija a los grandes y expresivos ojos del animal. “Eso es todo lo que pido”.






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