Wednesday, April 22, 2015

ENTREVISTA: La experiencia de vender en Carnaval

Las calles del centro histórico durante Carnaval
“Pásele, joven”, grita con gran entusiasmo una voz femenina un tanto chillona, “¡tenemos de todo!”. La voz no miente; el puesto de la comerciante Nora Castillo se muestra muy bien surtido con ropa, joyería, juguetes y curiosidades de todo tipo. “Este es un cráneo de tigre”, dice la robusta mujer de 31 años, sosteniendo en su mano el macabro adorno. “Obvio no es de verdad, pero la gente igual dice que si le prendes una vela trae buena suerte”. Más allá de los exóticos cráneos de tigre hechos en China, la mayor parte del pequeño pero variado puesto de Nora Castillo está dedicado a exhibir ropa y accesorios para mujer.
Son las dos de la tarde y se empieza a sentir el Carnaval de Mazatlán en las calles adyacentes a la Plazuela Machado. Los vendedores típicos que aprovechan los festejos para atraer compradores están apenas trabajando en armar sus puestos. El caso de Castillo no es diferente. “La mayor cantidad de gente empieza a llegar un poco más tarde, como a las tres o cuatro”, menciona mientras se encarga de ensamblar el esqueleto metálico del puesto donde posteriormente colgará su gran variedad de blusas y collares. “Vienen en familia, a comer, a pasársela bien y ven los productos y se convierte en una tarde de compras”.
Una vez armado el puesto y con el flujo de posibles compradores aumentando empieza oficialmente la tarde de compras. Aún así, entre transacción y transacción, Castillo -quien insiste en que se dirijan a ella como Nora- se muestra generosa con su tiempo para compartir sus experiencias como vendedora. “Este es el noveno año que ponemos aquí el changarro durante Carnaval”, dice mientras se sienta un momento en la silla de plástico desde la que grita sus ofertas, “primero fue mi mamá quien se encargaba y yo la ayudaba, pero de un par de años para acá yo me encargo sola”. Menciona que su madre empezó a sufrir problemas de salud hace algunos años, y que volvió a su natal estado de Durango, de donde Nora también es originaria. “Creo que llevo unos quince años viviendo aquí en Mazatlán y siempre me ha encantado el puerto. Aquí está mi vida y no me veo viviendo en otro lugar”.
A pesar de esto, sus negocios hacen que Nora tenga que viajar con cierta frecuencia. “Me dedico principalmente a importar ropa, zapatos, ese tipo de cosas”, dice mientras señala la mercancía que la rodea. “Seguido hago viajes a otros estados donde hay más variedad y encuentro mejores precios y de vez en cuando traigo cosas de Estados Unidos y pues vendo todo entre la gente de aquí y saco una ganancia”. Entonces una pequeña sonrisa se dibuja en su cara, “no me quejo, la verdad es que me va muy bien”.
Algo que sí le preocupa es la violencia. “Me acuerdo que hubo unos años, por el 2009 ó 2010 más o menos, que la gente tenía miedo porque varios eventos del Carnaval estaban amenazados por el narco”. Estas demostraciones violentas demostraron ser malas para los negocios. “Esos fueron los años con menores ventas y con menor asistencia. La gente tenía miedo. Creo que mucha gente todavía tiene miedo, es algo con lo que se vive aquí, pero igual vienen a la fiesta a tratar de divertirse y a olvidarse de eso. Creo que es algo bueno que ahora sí se vean más policías y hayan puesto esos aparatos”, dice Nora gesticulando hacia un detector de metal alrededor del cual se reúnen algunos elementos de seguridad pública. “Gracias a Dios este año sí se ha superado a años pasados, por lo menos en ventas”. Pero ventas bajas no son la única razón por la que se angustia ante la idea de la violencia. “No me ha tocado nada a mí en lo personal, pero obviamente estando aquí sí he visto y escuchado gente que se pelea, ya todos borrachos, y hasta ha habido apuñalados. Incluso una vez sí me toco escuchar un balazo cuando le dispararon a alguien ahí por uno de los bares de la Machado. Ví como mucha gente corría y sí me dio miedo, la verdad”. Se ve la angustia en su cara y su mirada gravita hacia la niña que se sienta en un pequeño banco a lado de ella. “Mi hija siempre está aquí conmigo, y me preocupa que algo le pueda pasar. Sólo tiene nueve años, me acuerdo bien porque ella nació el año que empezamos a poner el puesto aquí, así que es como mi amuleto de buena suerte”. La niña permanece sentada, soplando burbujas que se pierden en la multitud. “No podría imaginar que algo malo le pasara”.
Después de esto, Nora continúa abriéndose más con respecto a su pasado y cómo fue que termino dedicándose a este oficio. “La verdad es que me gustaba la escuela y tenía buenas calificaciones, pero después de la prepa tuve que empezar a trabajar porque no había dinero en la casa”. Cuenta cómo primero empezó vendiendo baratijas en tianguis locales y cómo después de un tiempo sus ambiciones fueron creciendo. “Luego se me ocurrió la idea de regresar a la escuela. Quería ser diseñadora de modas. Pero fue entonces cuando llegó mi hija a mi vida y pues tuve que dedicarle todo mi tiempo a ella”. Nora narra todos estos hechos con convicción y con la elocuencia de alguien que definitivamente se destacó académicamente en algún momento de su vida, pero no existen huellas de arrepentimiento alguno en su voz. “Todo salió bien al final. Mira esto”. En ese momento la mujer se levanta de su silla y toma uno de los collares que cuelgan de su puesto. Se trata de un ostentoso collar dorado del que cuelgan un gran número de hermosas piedras color aguamarina. “Este lo hice yo. Yo lo diseñé. ¡Terminé siendo una diseñadora de cualquier manera!”.
Cuando se le cuestiona acerca de su relación con otros vendedores, Nora no tiene más que cosas positivas que decir. “Yo nunca he tenido malas experiencias con ninguno de mis compañeros comerciantes. A veces hay roces, pero siempre dentro de lo amigable. Todos entendemos que estamos aquí para trabajar y tratamos de no molestarnos los unos a los otros. Y después de pasar tantos años aquí incluso empiezas a conocer a las demás personas, así que hasta se empieza a formar una relación de confianza y compañerismo”.

¿Pero qué tiene Nora que decir acerca de la fiesta que le consigue tantos compradores? ¿cuál es su opinión acerca del Carnaval? “Eso de andar en las fiestas y los eventos nunca me ha gustado. Por ejemplo, en el desfile o el combate naval siempre hay mucha gente y siento que me asfixio”. Mientras tanto, la calle empieza a llenarse de personas que buscan comprar algún souvenir. “Ya se que suena raro que yo diga eso y aquí me ves entre tanta gente. Pero este es mi trabajo, es algo que tengo que hacer. Si me quiero relajar lo último que voy a hacer es meterme entre una multitud. Así que tengo que decir que el Carnaval es una fiesta bonita y tradicional, pero no es algo que me llame la atención a mí personalmente”. En eso llegan nuevos clientes los cuales, después del tradicional regateo, terminan llevándose varios anillos y collares. “Pero es una buena manera de hacer dinero”.

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